Una ciudad que supera el millón de habitantes pero está lejos de ser una de esas monstruosas megalópolis de nuestro tiempo. Un clima bastante impredecible ("para que no se aburran los turistas", dicen los quiteños) pero sin extremos de frío ni de calor. Una urbe recién nacida, en su mayor parte, pero que conserva los viejos edificios que la vieron crecer durante los últimos 461 años, como las iglesias de los siglos XVI y XVII.

La arqueología demuestra que aquí hubo asentamientos desde hace tres milenios y las crónicas de Indias nos aseguran que los Incas habían formado un centro importante en Quito. Los españoles solo encontraron ruinas Rumiñahui -incendió la ciudad- pero, con el fin de afianzar la conquista, Sebastián de Benalcázar fundó San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534.

Aquí estuvo la sede de la Real Audiencia de Quito hasta principios del siglo XIX y después la ciudad se convirtió en capital de la República del Ecuador.

Al aterrizar en Quito, el viajero se sorprenderá de la visión que se presenta ante sus ojos: montañas que parecen llegar al cielo más azul que se haya visto antes (a veces, casi púrpura) y un verdor de apariencia tropical que contrasta con el clima más bien frío de la capital. Este aire templado lo sentirá al descender del avión así como, si viene de zonas costeras, la finura de ese aire, tan tenue que casi permite divisar el infinito pero, a la vez, enrarecido y con menos oxígeno del habitual.

A pocos kilómetros de la línea ecuatorial, debería ser un horno y,no obstante, su altitud de más de 2800 metros convierte su clima en algo similar al tibio verano inglés. Llueve con frecuencia - pero con intermedios despejados. Se necesita traer un saco para las noches, pero hay que estar dispuesto a quitárselo en las tardes soleadas, especialmente en los meses secos (entre Junio y Septiembre o entre Diciembre y Enero). Los días siempre duran lo mismo (13 horas de luz solar) y las noches estrelladas son únicas en el mundo: se puede contemplar, en la misma esfera, la Estrella Polar y la Cruz del Sur y, en medio de ellas, la constelación ecuatorial de Orión.

Al pie del Pichincha, Quito ofrece una vista maravillosa. Al sureste se divisa el cono perfecto del volcán nevado Cotopaxi. Al norte se pueden contemplar las áridas colinas que señalan la Mitad del Mundo.

Mientras la parte norte es residencial y comercial, con edificios modernos y avenidas anchas, el sur es más bien un área industrial y artesanal. Pero el verdadero encanto de Quito está en su estrecho centro colonial, donde el tiempo parece haberse detenido. Visitémoslo.

Las casas blancas de adobe, con techos rojizos, se interrumpen con iglesias de piedra y están coronadas por el Panecillo, montículo que fuera escenario de ritos antiguos de los indios y, después, de un fortín español. Hoy la colina es el pedestal de una enorme estatua de metal, la Virgen del Panecillo.

Las iglesias coloniales son dignas de verse y sus altares de oro, hasta para quienes nacieron en Quito, provocan admiración. San Francisco, Santo Domingo, La Merced, La Compañía, entre otros, son los templos que guardan el sabor de una época casi desaparecida. Casi, porque ninguno de ellos se ha convertido en museo; todos continúan ofreciendo misas y se llenan de fieles.

La cocina es variadísima. Junto a los platos típicos de la Sierra ecuatoriana, se puede probar desde las exóticas especialidades chinas hasta las sencillas comidas rápidas, cuyas recetas llegaron de Norteamérica.

La gente es amable y solidaria. Observando mínimas precauciones (como evitando unos pocos barrios indeseables) se puede respirar un aire tanquilo y libre de temores.

Quito tiene museos, teatros, librerías, espacios deportivos y gran cantidad de tiendas con toda clase de mercadería; los recuerdos y las antiguedades son de calidad, siempre y cuando se las compre en almacenes autorizados, y no a los vendedores ambulantes.

 

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