
En el campo, es frecuente ver a muchos animales que rondan un fuego
que se está extinguiendo, hasta desaparecer la última flama
de sus cenizas y los deja temblando de frío en las tinieblas. Pero
a ninguno de ellos se le ha ocurrido jamás añadir otra rama
para mantener el fuego encendido. Cuesta pensar en que el hombre mismo
no hubiera procedido de otro modo. Se está tan habituando al fuego,
que uno llega a pensar que sus antepasados lo han tenido siempre, y hasta
quizá se sienta sorprendido al saber que fue una de las cosas que
tuvieron que descubrir.
| Sin embargo, durante muchos siglos, los hombres no tuvieron
fuego. No sabían hacerlo, como no lo saben hacer un oso o una vaca.
Si se piensa por un momento en lo que debió ser su vida sin el fuego,
y se recuerda aunque sólo sea un poco de todo lo que ha hecho por
los seres humanos, podrás estar de acuerdo conmigo en que puede
ser considerado como el descubrimiento más importante del hombre.
Desde luego que antes de que el hombre lo descubriera, hubo fuego en el mundo... de vez en cuando. A veces, un rayo incendiaba un árbol seco, y la lluvia era demasiado liviana para evitar que se propagara un incendio por el bosque. Otras veces, la lava de un volcán o un meteoro del cielo causaban un incendio. Sin embargo, estos sucesos debieron ser tan raros que pocos hombres veían alguno. Y seguramente aquel que lo veía, corría aterrado a refugiarse como los demás seres vivientes. Pero, finalmente, algún hombre valeroso hizo algo que ningún otro habría soñado jamás. Levantó una rama que ardía para examinarla. quería averiguar qué era aquello y de qué podría servirle. Su curiosidad insaciable y su costumbre de preguntarse siempre qué puede hacer con las cosas coloca al hombre en una categoría aparte de los demás seres. Por eso, es el único inventor del mundo. |
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¿Cómo llegué a esta genial conclusión? Bueno, es que en esta forma acostumbraban obtenerlo los indios norteamericanos, y de hecho, así lo hacen hoy casi todos los grupos étnicos no civilizados que aún viven en las islas del pacífico e ignoran métodos más modernos, como un simple encendedor, para obtener fuego. Algunos indígenas aunque saben hacerlo, viajan largos trechos para pedir fuego cuando el suyo se apaga, debido a que encenderlo no es una tarea fácil.
Pronto, logró descubrir que podía hacer cosas valiosas con aquella rama ardiente. Por lo menos podía agitarla y ahuyentar a los animales más feroces; colocar otras ramas sobre la que ardía y conservarlo encendido durante mucho tiempo; ponerlo a la entrada de su caverna, y mantener así a raya a las fieras mientras él y sus hijos dormían de noche. Y cuando yacía tendido cerca de los carbones, se sentía tan a gusto como nunca había estado durante las horas vividas antaño en la fría oscuridad. Por esas razones, mantuvo encendido el fuego durante mucho tiempo antes de que se le ocurriera cocer sus alimentos.
No le resultaba tarea fácil conservar su fuego de día y de noche, con tiempo lluvioso, y cazar al mismo tiempo. Pero era algo verdaderamente importante para él, porque, si se le apagaba, tendría que esperar un meteoro, un volcán en erupción o un rayo en un árbol para poder encenderlo; y como te podrás imaginar la posibilidad de que algo así ocurriese era muy escasa.
Por eso, quiso compartir su fuego. Cuanta más gente lo tuviera, sería más difícil que llegara a extinguirse. Y pronto, todos quisieron tener fuego al cerciorarse de sus virtudes. Y así, cuando la hoguera de un hombre se apagaba, podía volver a encenderla usando el fuego de un vecino.
No debió tardar en producirse un accidente que permitió cocer algo. Quizá, unos trozos de carne cayeron sobre el fuego y después su sabor resulto más agradable. O alguien dejó una noche alguna pieza de carne cerca del fuego y a la mañana siguiente el hombre despertó con una nueva forma de alimentarse. Pronto, en alguna forma, a todos los hombres les gustó más la carne si había estado expuesta al fuego. Por fin, alguien tuvo la atinada idea de colocar la carne sobre él y dejar que se quemara. Fue el primer cocinero. Hasta un hombre tan inteligente como éste no sabía encender el fuego. Si disponía ya de uno, podía lograr encender otro con él; pero si no era así estaba condenado a pasar frío el resto de su vida. Transcurrieron aún muchos siglos antes de que el hombre aprendiera a encender un fuego sin usar otro.
He aquí todas las consecuencias de haber mostrado curiosidad ante una rama que ardía. Sin embargo... ¿Qué sería el hombre sin el fuego? Un salvaje. No tendría más calor que el del sol, ni tampoco luz. Sólo podría disponer de alimentos crudos y tendría que vivir en los países cálidos, fácil presa de los animales predadores. No podría hacer casi nada con los metales que contiene la tierra. No tendría hierro, ni ladrillo, ni mosaico, ni vidrio. Le faltarían la mayor parte de las mil cosas, sin las cuales casi resulta inconcebible la vida. Sería aún un salvaje y seguiría siéndolo por el resto de su existencia a través de los siglos.