
No cabe duda de que cuando los hombres primitivos descubrieron algo
tan importante como el fuego, cayeron de rodillas y lo adoraron como a
un Dios. ¡Era tan precioso y tan peligroso! Por eso, todas las culturas
antiguas le dieron casi siempre un lugar en sus religiones, y a menudo
el fuego fue su único dios. Lo convirtieron en un Dios, como el
Sol lo sigue siendo para muchas tribus. A veces, la forma del culto era
tan horrible como las peores que practicaron los salvajes en la historia.
En la Biblia se lee que los padres paganos solían depositar a sus
hijos en las fauces candentes del sanguinario ídolo Moloch, para
que se quemaran en holocausto al Dios del fuego. Pero, más a menudo,
los ritos eran apacibles y bellos. El fuego solía ser tan precioso
que hasta las princesas consideraban un honor sagrado el cuidar que no
se apagara. Por eso, durante la grandeza del imperio romano, el fuego sagrado
del templo de la Diosa Vesta era custodiado por las vírgenes vestales,
las mujeres más majestuosas del mundo. Y aun hoy, los parsis de
Bombay custodian y adoran el fuego sagrado, que han mantenido ardiendo
desde que los expulsaron de su país natal, Persia, hace 1400 años,
donde, se dice, lo encendió el fundador de su religión, hace
muchos siglos.
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Hay muchos mitos referentes a la forma en la cual el hombre obtuvo el fuego, y curiosamente casi todas las culturas antiguas lo consideraban como un robo hecho a los dioses. Por ejemplo, los griegos pensaban que el fuego era un regalo del Dios Prometeo, quien confió en hacer una buena obra al crear y salvar al hombre. Sobre todo, quería dar a la especie humana un poder mayor que el poseído por los animales. Pero no era fácil hallar dones más maravillosos que los otorgados a los animales por su hermano Epimeteo. Los animales salvajes tenían el valor, la velocidad y la fuerza y, a veces, alas o agudas garras. ¿Qué más podía desear un hombre? Entonces Prometeo pensó en algo extraordinario que un animal ni siquiera sabría usar. |
| ¡El fuego! ¡Cómo se parecería
el hombre a un Dios si lo poseyera! Con el fuego, empleado como arma, podría
repeler a las fieras. Con su calor podría vivir más cómodamente
en el tiempo más frío. Con su luz podría
ver en la noche como si fuera de día. Pero Prometeo sabía
que Zeus había prohibido que el hombre tuviera aquella arma peligrosa
y potente.
Por lo tanto el audaz án decidió robarlo. Su acto era realmente valeroso, ya que, pudiendo ver el futuro, sabía de antemano lo que le esperaba cuando se descubriera el robo. En secreto, Prometeo subió al Olimpo, y encendió una antorcha en el hogar de los Dioses. Ocultando la flama en un tallo hueco, se la llevó al hombre. Cuando Zeus, al mirar desde el cielo, vio elevarse humo desde la Tierra, su ira fue terrible. Sabia perfectamente que había sido Prometeo quien se atrevió a desafiarlo. El rey de los dioses ordenó a Hefesto que forjara una pesada
cadena, con la que aprisionó a Prometeo en un alto peñasco,
allí estando desnudo fue expuesto a los terribles fríos del
invierno y los insoportables calores del verano, además
Zeus envió un enorme buitre para que le picoteara
el hígado, como era inmortal Prometeo no pudo
morir. Muchos años después Hércules liberó
a éste gran amigo y protector de los humanos.
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