ARAGÓN:
El Hospital de Santa Cristina de Somport:
Dos caballeros franceses cuyo nombre ya se ha olvidado, si bien se recuerda su alta alcurnia, decidieron emprender el Camino de Santiago en pleno invierno, precisamente la época en que todos los peregrinos rehuían arriesgarse a seguir la Ruta, tanto por las condiciones meteorológicas adversas como, sobre todo, por los graves peligros que entrañaba el paso a pie de los puertos pirenaicos. Sin embargo, para los dos caballeros el reto invernal formaba parte de la misma devoción que los guiaba. Y el enorme sacrificio que suponía, era para ellos una prueba más que querían afrontar en honor del Apóstol al que habían prometido visitar.
Así alcanzaron a duras penas el puerto de Somport, azotado por una terrible ventisca que los obligaba a caminar con nieve hasta la cintura. Apenas sobrepasada la cumbre, se dieron cuenta de que las fuerzas comenzaban a fallarles y que no podrían resistir el descenso, totalmente solitario y sin posibilidad de encontrar refugio alguno. De pronto, misteriosamente, atisbaron una luz a poco trecho y al acercarse, en el límite de su resistencia, distinguieron una cabaña iluminada. La cabaña estaba desierta, pero tenía el fuego encendido en el hogar y la tosca mesa se encontraba bien provista de alimentos y bebidas, de modo que saciaron su hambre y calentaron sus cuerpos. Convencidos de que había sido un milagro, los dos caballeros se encomendaron al Apóstol y, devotos como eran de Santa Cristina, prometieron la construcción allí mismo de un refugio para peregrinos que llevaría el nombre de la santa constructora. Apenas habían formulado su voto, surgió un pajarillo llevando en el pico una cruz de oro, con la que fue marcando con pasmosa precisión los limites exactos del contorno del que, en poco tiempo, se habría de convertir en el primer hospital de peregrinos de aquel paraje por donde se iniciaba el Camino Jacobeo Aragonés.
La Leyenda de Santa Osoria:
Osoria era una princesa procedente de Aquitania que llegó a aquellas montañas acompañada de un numeroso séquito camino de Toledo, donde estaba destinada a casarse con un príncipe godo. Su largo viaje coincidió con la invasión agarena, de al que ni siquiera tuvieron noticias al emprender su andadura. Así, la comitiva principesca, al pasar por los montes cercanos a la localidad de Yebra, tuvo la desgracia de tropezarse con una numerosa partida de musulmanes que los hizo prisioneros.
Aben Lupo, cabecilla de aquella partida se sintió enamorado de la princesa cristiana y la requirió de amores pero fue rechazado una y otra vez por Orosia, que sentía sobre todo la incompatibilidad de su Fe con las creencias de aquel moro que pretendía convertirla al islamismo y casarse con ella según su religión. El enamorado caudillo echó mano de todos sus trucos para convencerla y ante sus firmes negativas, no encontró otra solución que intentar convencerla recurriendo al miedo. Así, en presencia de la virtuosa princesa, hizo degollar a su propio tío y a su hermano, que la acompañaban. Con ello no logró otra cosa que afirmarla en sus convicciones y, finalmente, desesperado por el mismo horror que había despertado en su amada, la hizo también decapitar con todos los demás miembros de su comitiva y arrojó sus cuerpos a una sima cercana.
Pasó el tiempo y la poca gente que tuvo noticias de aquella matanza buscó primero los restos y luego olvidó el suceso. Pero un buen día, mientras conducía su rebaño, un pastorcillo de Yebra distinguió luces que salían de una covacha y, al acercarse, sintió que de ella salía un aroma indefinible. Cuando se asomó, encontró los restos de los mártires y, entre ellos, el cuerpo decapitado e incorrupto de la princesa Orosia. La noticia corrió por toda la comarca y, muy pronto, el cabildo de la catedral de Jaca reclamó la reliquia de la princesa, que inmediatamente después de ser encontrada fue proclamada Santa y comenzó a hacer prodigiosos milagros. El pueblo de Yebra, en cuyo término había tenido lugar el hallazgo, reclamó por su parte el derecho a conservar a su santa y sólo largas conversaciones con la autoridad religiosa abocaron en una solución: Yebra conservaría la cabeza de la princesa mártir, pero el cuerpo sería trasladado a la catedral jacetana, donde habría de recibir culto apropiado para que su santidad fuera conocida de mayor número de fieles. Y así se hizo.
Historias y leyendas del grial aragonés:
Así y no de otro modo lo cuentan en las comarcas del Alto Aragón. Así y no de distinto modo lo escucharon los peregrinos que caminaban hacía Santiago cuando, ya cruzada Jaca, se internaban en los montes donde se esconde el monasterio de San Juan de la peña.
Fue en los primeros tiempos de las persecuciones a los cristianos, cuando era obispo casi clandestino de Roma el papa Sixto II, a quien por fin descubrieron y vinieron a prender los esbirros imperiales. Su diácono Lorenzo, que era natural de Loreto, un suburbio de la ciudad de Huesca, quiso ir con él a recibir el martirio, pero el Pontífice no se lo permitió, al menos hasta que hubiera distribuido entre los pobres de la ciudad imperial los escasos bienes que entonces poseía la iglesia.
Así lo hizo Lorenzo y se dispuso a entregarse y sufrir el martirio, pero, antes de cumplir la orden que le había transmitido el Papa, separó de aquellos tesoros sagrados el que tenía por más preciado: el cáliz con el que el mismo Jesucristo instauró la Eucaristía durante la Última cena, el mismo Cáliz que recogió también su sangre cuando, ya en la Cruz, el centurión Longinos le atravesó el costado con su lanza. San Pedro había llevado consigo la joya simbólica al trasladarse a Roma y todos sus sucesores lo habían conservado como la más importante reliquia de la cristiandad.
San Lorenzo entregó en custodia aquella reliquia a un legionario cristiano y le encargó que lo llevase a su ciudad, donde vivían sus padres, Orencio y Pacencia, que también alcanzaron la santidad. Y así, la ciudad de Huesca, ante la sagrada responsabilidad que le había tocado en suerte, guardó secretamente el Vaso Sagrado y, cuando terminaron las persecuciones y triunfó la Iglesia, le levantó un hermoso templo que ocupaba el lugar donde hoy se levanta la iglesia románica de San Pedro el Viejo.
Pasó el tiempo y dio comienzo la invasión musulmana; y los oscenses, en su huida hacia las montañas, sacaron de la ciudad la preciosa reliquia y la fueron dejando sucesivamente custodiada en los lugares que parecían más seguros para que no cayera en manos del Islam y pudiera ser profanada. Así, de Huesca pasó a Yebra, donde sufrió Santa Orosia, de allí a Siresa, en el valle de Echo, donde levantaron la iglesia de San Pedro para guardar a buen recaudo. Pero también de Siresa tuvo que ser sacada para esconderla en Balboa primero y luego en San Adrián de Sasabe, la iglesia levantada en honor del matrimonio de santos, San Adrián y Santa Natalia.
Finalmente, cuando el peligro sarraceno se alejó definitivamente de aquellas comarcas, y aquí acaba la leyenda para pasar a un poco de historia, cuando nació, casi de la nada, el reino de Aragón, su primer monarca, Ramiro I, mandó construir en su honor y para su custodia la que había de ser la primera catedral del incipiente reino: la Seo de Jaca.
No lejos de esta primera capital aragonesa se encontraba ya entonces el monasterio de San Juan de la Peña, de cuya leyenda funcional hablaremos luego. Sus abades ostentaban el cargo de obispos de la catedral jacetana, siguiendo una costumbre que se arrastraba desde los tiempos en que aquellas tierras formaban parte del reino de Pamplona. Y sucedió que, hacia los inicios del segundo cuarto del siglo XI, cuando la reforma cluniacense se extendía como una mancha de aceite por toda Europa, los monjes de San Juan de la peña abrazaron la regla de San Benito y unos cincuenta años más tarde, que no más, adoptaron la reforma preconizada por Cluny, que, entre otras novedades, vendría a unificar los ritos eucarísticos en todo el ámbito cristiano.
Para dar carácter oficial a esta reforma, y celebrar la primera misa según la liturgia romana, llegó a San Juan de la peña, en el año 1071, el cardenal Hugo Cándido. El abad obispo, que entonces era don Sancho, para dar más esplendor a aquel acto tan transcendental para la Iglesia, trasladó al monasterio el Cáliz que seguardaba en la catedral. Y allí quedaría custodiado desde entonces el grial, sin que reclamaciones ni amenazas de los jacetanos lograsen que los monjes lo devolvieran ya nunca. La reliquia fue depositada en el altar mayor de la iglesia monástica y sólo fue utilizado, durante siglos, en las grandes solemnidades del cenobio con motivo de las fiestas señeras de la cristiandad.
Posteriormente, el último monarca de la dinastía condal catalano-aragonesa, Martín el Humano, aún no se sabe porque motivo y bajo presiones, logró en 1399 que los monjes le cedieran la reliquia, a cambio de otro cáliz mucho mas costoso en lo material, pero carente de la tradición sagrada del que ellos guardaban. El grial pasó a custodiarse por algún tiempo en el palacio real de la Aljafería de Zragoza, de allí fue trasladado a la Capilla Real de Barcelona, donde se encontraba en 1410. Y el 18 de marzo de 1437 fue entregado para su custodia a la catedral de Valencia por el rey Alfonso V el magnánimo. Desde entonces, y sin perder su condición de custodia, la reliquia sigue en la ciudad del Turia, en una capilla especial que, en sus orígenes, parece que fue sala capitular de la seo valenciana. Sólo salió de ella para ser escondido en algún lugar secreto durante la Guerra Civil (1936-1939) y para presidir años después un viaje eucarístico y políticamente manipulado por todos los lugares señeros dode estuvo depositado anteriormente
El origen de San Juan de la Peña:
Cuenta la leyenda que un joven noble llamado Voto se encontraba cazando a caballo y en solitario por aquellos parajes selváticos del prepirineo. De pronto, su montura se asomó a un precipicio y estuvo a punto de despeñ, pero el jinete se encomendó a tiempo a San Juan Bautista, que impidió milagrosamente el accidente. Asombrado pòr la belleza del lugar, Voto desmontó y comenzó a recorres los alrededores. Poco a poco, sin casi percibirlo en un principio, un aroma suave y celestial lo condujo hasta la boca de una cueva. Se metió por ella y, no lejos de la entrada, tropezó con el cuerpo incorrupto de un anacoreta que había muerto con la cruz abrazadacontra su corazón. EL joven lo reconoció inmediatamente como Juan de Atarés, porque la fama de su santidad se había extendido por toda la comarca, aunque nadie se había atrevido nunca, por respeto, a romper su soledad y prácticamente nadie conocía el lugar donde había elegido retirarse.
Tocado por la santidad de aquel hombre, Voto tomó la decisión de seguir sus pasos. Y acompañado de su hermano abandonaron su casa, su familia y la vida cómoda que les aguardaba y se encerraron en el laberinto de aquellas soledades abruptas, con el propósito de entregar su vida a Dios y a la contemplación. Allí discurrió su existencia en olor a santidad y, a su fallecimiento, otros dos hermanos, Benedicto y Marcelo, vinieron a sustituirlos y formaron en torno suyo el núcleo de la primera comunidad de mojes que constituiría el primer cenobio.
Los Huesos de San Indalecio:
Es fama que San Indalecio fue uno de las siete Varones Apostólicos discípulos de Santiago que se repartieron Andalucía para predicar las verdades evangélicas. De éste se sabía, por larga tradición, que fue obispo de Almería y que murió en olor a santidad, pero se ignora el lugar donde su cuerpo recibió sepultura. Al parecer, durante largo tiempo, el fantasma de este santo se estuvo apareciendo a los monjes de San Juan de la Peña manifestando su deseo de que sus huesos reposaran en aquel monasterio, pero nada se hizo para cumplir aquel capricho, porque nadie sabía donde se encontraban.
Pero hete aquí que un caballero murciano de rancio abolengo cristiano mozárabe recaló un buen día en el monasterio y transmitió a sus monjes una noticia que a todos llenó de gozo. Según les contó, en las cercanías de la antigua Urci, muy cerca de la ciudad de Almería, venían apareciendo desde tiempo atrás unas extrañas luces en un lugar que nadie lograba localizar con exactitud, porque las luces se apagaban apenas alguien intentaba acercarse a ellas. Los monjes, convencidos de la relación entre sus visiones y aquel fenómeno, pidieron al caballero murciano que acompañase a dos de las hermanos de la comunidad hasta aquel lugar. Y así se hizo, sorteando los peligros que suponía adentrarse en aquel remoto territorio musulmán.
Efectivamente, cuando ya se hallaban cerca, las luces comenzaron a emitir sus resplandores con toda su fuerza, pero esta vez, al contrario de lo sucedido en otras ocasiones, no se apagaron cuando los monjes se acercaron, permitiéndoles descubrir la pequeña oquedad de donde surgían los destellos de luz, en cuyo interior se encontraron unos huesos que no dudaron en establecer sin reticencias que pertenecían a aquel santo obispo que había querido reposar en su monasterio.
El viaje de regreso, primero por tierras andalusíes y luego por territorios cristianos de la Corona de Aragón, fue un auténtico rosario de prodigios. A su paso, los huesos del Santo curaron enfermos, resucitaron muertos, dirimieron conflictos, calmaron tempestades e hicieron surgir agua de las peñas, dando un sinfín de pruebas de su autenticidad y, sobre todo, de su santidad. Y mucho tuvieron que bregar los buenos monjes, porque en infinidad de lugares les pidieron quedarse con aquella preciosa reliquia que todos consideraban absolutamente milagrosa.
Así llegaron por fin a San Juan de la Peña en su viaje de regreso. El mismo rey, Sancho Ramírez en aquel tiempo, acudió al monasterio para recibirla y para depositarla, junto al abad, en el mausoleos que se le había reservado. Y, desde entonces, estuvo impartiendo sus favores celestiales a la comunidad. Y no hubo peregrino jacobeo que se acercara al cenobio sin postrarse a rezar una oración ante la tumba del santo mozárabe procedente de al-andalus, que tanta fama de milagrero había adquirido.
NAVARRA:
El monje que visitó la eternidad:
El abad Virila era un auténtico padre espiritual para sus monjes, pero sus ansias de santidad y sus dudas, muy humanas, lo llevaron a una profunda inquietud por conocer aquella Gloria en la que quería creer a toda costa, pero de la que necesitaba algo que la confirmase en su fe, mas allá de especulaciones teológicas.
Todas las mañanas, el buen abad salía del monasterio antes de que apuntase el día, apenas terminados los primeros oficios. Y, siguiendo el senderillo que sus propios pies habían trazado a fuerza de seguirlo en su paseo cotidiano, subía las pendientes que, a espalda del cenobio, conducía hacia la Roca de Erandio y la Chimenea. Por allí alcanzaba un claro del bosque junto a un manantial. Y en aquel lugar, en medio del silencio de las cercanas cumbres, se entregaba a la meditación y elevaba sus oraciones al Cielo, pidiendo al Creador que le permitiera atisbar siquiera un poco de aquella Gloria prometida, que ni siquiera era capaz de concebir desde su propia naturaleza de hombre ansioso de creer en el Más Allá.
Pasaron años enteros de paciente oración y de constante retiro místico en aquel rincón privilegiado de la naturaleza donde iba a refugiarse cada día en su soledad. El abad envejecía y sentía su espíritu sembrado de dudas, de ansias de saber. Necesitaba una respuesta, porque sin ella, su misión como abad de aquella comunidad carecía de sentido, si él era el primero en dudar de lo que esencialmente desconocía.
Un día sucedió algo distinto. Estaba el abad meditando de rodillas, sumido en sus ansias de trascendencia, cuando, de pronto, muy cerca de él, sonó el bellísimo canto de un pájaro. Era un canto distinto a todos cuantos había escuchado hasta entonces. Un trino que parecía llegar de muy lejos y estaba, a la vez, junto a él, acariciándole el oído. Cerró los ojos, dejándose transportar por la hermosura de aquel instante, y sintió que su alma se abría de par en par arrastrada por la música de la esferas. Todo en torno a él se iluminó y supo de pronto que aquella era la afirmación a todas las preguntas que se había formulado desde que tuvo conciencia de su ansia de transcendencia.
Le pareció que aquel instante duraba apenas un minuto, pero fue tan intenso y tan bello que su espíritu quedó bañado en Eternidad. Súbitamente, supo que se había integrado en la infinidad a la que tanto se había encomendado. Abrió los ojos y creyó verlo todo distinto. Los árboles estaban más crecidos, como más crecida estaba la hierba. Habían desaparecido las huellas que dejó marcadas durante tantos años de seguir el mismo sendero entre las peñas y el bosque. Todo olía distinto, más puro, más cerca del Dios que siempre evocó.
Despacio, admirado por el entorno, con las fuerzas renovadas, emprendió el camino de regreso al monasterio, pensando cómo podría explicarles a sus monjes la experiencia que había vivido. La silueta del cenobio le pareció mayor, como si en su ausencia hubieran construido más dependencias. Y la explanada que tenía que atravesar para alcanzarlo le dio la impresión de más chica, como si las nuevas dependencias le hubieran arrebatado espacio.
Llamó a la puerta, impaciente por contar su aventura y comentarla con sus hermanos. Pero, extrañamente, le abrió la puerta un monje al que no conocía y que tampoco dio muestras de conocerle a él, porque le preguntó por su nombre y le inquirió de dónde venía.
- ¡Cómo, hermano! ¿No me conoces? Mala memoria diría que tienes, si no fuera porque tampoco yo te reconozco. Soy fray Virila, vuestro abad.
- Nuestro abad no se llama Virila. He oído que hubo un abad Virila en este monasterio hace mas de trescientos años, pero desapareció un día sin que nadie volviera a saber nunca más de él.
Fue entonces cuando el viejo monje comprendió realmente lo que le había sucedido. Y se dio cuenta de que, en medio de su éxtasis, aquello que le pareció que discurría en unos segundos había sido, en realidad, un contacto con la Eternidad que había durado 3 siglos. Reunida la comunidad, el abad explicó a todos los monjes su experiencia y, comprendiendo que había cumplido con su misión y se había puesto en paz con su conciencia, entregó su alma al Creador.
El maestro de todos:
No será fácil que encontremos noticias de San Babil fuera de su tierra navarra. Sin embargo, en Leyre se conserva una imagen suya que los monjes suelen exponer en una hornacina del altar de la soberbia cripta que formó parte de la primitiva iglesia monástica. La imagen parece bendecir a los fieles con la mano derecha, mientras sostiene el báculo episcopal con la izquierda, como era preceptivo en un tiempo en el que los abades de Leyre asumían a la vez el cargo de obispos de la capital del reino, Pamplona.
La leyenda de este santo, que tal vez roza la Historia más de lo que podría parecer a primera vista, nos cuenta que fue maestro de niños. Y nos añade que sus discípulos fueron cristianos y musulmanes, sin especificar que estos últimos lo fueran después de haberse convertido, lo que nos indica que los padres musulmanes le confiaron a sus hijos por saber y de ninguna manera por deseo de cristianizarlos. A pesar de ello, la historia de este santo se cierra con su martirio- se supone que a manos del Islam-, pero nos añade que 80 de sus discípulos fueron martirizados voluntariamente por su insistencia en permanecer a su lado.
Las princesas mártires:
Los cuerpos santos de las hermanas Nunilo y Alodia se conservan en el monasterio de Leyre desde que fueron traídos por el devoto Auriato desde Huesca, donde habían sido martirizadas a manos del Islam. La reina Oneca en persona le había encargado de aquella misión. EL bienaventurado Auriato había visto en sueños el lugar preciso donde se encontraban los cuerpos santos y, también en sueños, había oído una voz que le dijo que lo guiaría hasta encontrarlos en una profunda fosa cercana a Huesca, donde se hallaban. Auriato, haciéndose pasar por mercader, cruzó la frontera musulmana, reunió a cristianos escondidos y, llegado al lugar, logró encontrar los cuerpos incorruptos gracias al aroma que despedían a través de la tierra que los ocultaba. Luego, llevadas las reliquias a Leyre, el santo varón dedicó su vida a cuidar de la arqueta que los contenía y de la luz que debía arder permanentemente junto a ella.
Lo significativo de la leyenda que se narra en torno a estas mártires es que ambas aparecen descritas como hermanas e hijas de un matrimonio compuesto por un musulmán y una cristiana, de la que se asegura que llegó a la concordia de permitir que una de sus hijas siguiera las enseñanzas evangélicas y la otra las doctrinas de Mahoma. Pero ambas hermanas, influidas al parecer por la fe de su madre, se inclinaron por el cristianismo, y el padre, incapaz de convencerlas de sus principios, las mandó degollar a ambas por sus sicarios para no sufrir la vergüenza de haber engendrado dos hijas renegadas.
Las llagas de Pedro de Tolosa:
El noble francés Pedro de Tolosa emprendió el Camino Jacobeo con la esperanza de que un milagro de Santiago lo librase de las cien pústulas que le roían el cuerpo. En cada parada de su ruta impetraba los favores del santo o de la Virgen de turno para que intercedieran ante el Apóstol para librarlo de su mal. Así fue conociendo, día a día, las profundas verdades que encerraba el milagroso discurrir espiritual de aquel santo sendero, de tal modo que , cuando llegó a Compostela y se postró ante la imagen de Santiago, lo que le guiaba era ya la devoción pura y en modo alguno su deseo de verse libre de las llagas que no habían dejado de corroerle a lo largo de todo el viaje. Simplemente, ahora las tomaba como una prueba a la que Dios le había sometido y se sintió dispuesto a aceptarlas mientras así lo dispusiera el Cielo.
Con este convencimiento emprendió el camino de regreso, recorriendo los mismos lugares y el mismo itinerario que le había conducido a Compostela. Sin embargo, ahora miraba todo cuanto ya había visto a la ida no ya como una pregunta sin respuesta, sino como una maravillosa respuesta a todas sus dudas y a todos sus deseos de espiritualidad. Sólo entonces comenzó a darse cuenta de que, en cada una de sus paradas, tras cada oración renovada, se le desprendía una llaga y la piel quedaba limpia en el lugar donde la había sufrido.
Al llegar de nuevo a Sangüesa, precisamente frente a este pórtico de la colegiata de Santa María la Real, se le cayó la última de sus pústulas y, con su piel totalmente regenerada, alcanzó a comprender al mismo tiempo el profundo enigma de aquel pórtico lleno de misterios que pocos peregrinos han alcanzado a interpretar convenientemente en su ruta hacia Santiago.
El bordón de San Francisco:
Rocaforte es hoy un pueblecito casi desierto que se encuentra en un alto que domina la ciudad de Sangüesa. Para llegar a él hay que desviarse ligeramente del Camino establecido, pero ya nadie recuerda que allí vivieron los sangüesinos antes de que todos se trasladaran al lugar que hoy ocupa la localidad. Por allí pasó San Francisco de Asís cuando viajo a Compostela y, después de remontar la dura pendiente que conduce hasta la aldea se sintió profundamente cansado y, dejando el bordón junto a él y sirviéndose del hatillo como cabezal, se durmió profundamente.
Al despertar de su corta siesta se dio cuenta de que el bordón que dejó a su lado se había hincado en la tierra, había echado raíces y se había convertido en un espléndido moral que expandía su espesa sombra por todo el contorno. Aquel prodigio le hizo darse cuenta del mensaje que le transmitía el Apóstol y decidió fundar allí mismo su primer convento en la Ruta Jacobea. El moral protegió con su sombra la fundación franciscana durante muchos siglos. Hoy ha desaparecido ya, muerto a fuerza de serle arrancadas sus hojas por la devoción peregrina, pero permanece su recuerdo.
Castilla:
El Papamoscas de Burgos:
El reloj que lo contenía y que sigue sobre una de las puertas de la catedral dejó de cumplir su papel hace mucho tiempo, pero la figura del Papamoscas abriendo desmesuradamente la boca cuando suenan las horas sigue presente en el recinto del templo, pero sin que se escuche el grito estridente que lanzaba al mismo tiempo, provocando la burla, dicen que irreverente, de quienes acudían a contemplarlo. Nadie sabe cómo vino a parar allí aquella figura chusca, seguramente procedente de algún taller de relojeros venecianos, pero los burgaleses se las ingeniaron para crearle una historia que forma parte desde hace mucho de la imaginación popular castellana.
Se dice que fue obra encargada por el rey Enrique III el Doliente, que tenía por costumbre acudir a rezar devotamente todos los días a la seo burgalesa. Un día, sin embargo, sus devociones se vieron distraídas por la presencia de una hermosa muchacha que entró silenciosamente en el templo y se puso a rezar ante la tumba de Fernán González. El rey la siguió al salir hasta verla entrar en su casa y, a lo largo de muchos días, la misma escena se repitió sin variaciones, porque el monarca se sentía demasiado tímido para intentar siquiera entrar en conversación con la joven.
Hasta que un día, sin que hubiera mediado palabra durante mese enteros, la desconocida beldad dejó caer un pañuelo al paso del rey. Éste lo recogió devotamente y, acercándose a ella, le entregó el suyo en silencio, sin que mediaran palabra en ese encuentro, sino una dulce sonrisa apenas esbozada. Sólo, después de desaparecer más allá de la puerta, oyó el rey un doloroso lamento que se le clavó en la memoria sin poder ya desterrarlo. Lo cierto fue que, a partir de entonces, la muchacha nunca volvió a aparecer por la catedral, a pesar de que el monarca pasó horas y días enteros esperándola y buscándola por todos los rincones del templo. Y cuando trató de saber algo de ella, le confirmaron que en la casa donde le había visto entrar todos los días hacía muchos años no vivía nadie, porque todos sus habitantes fallecieron víctimas de la peste negra.
Deseando retener de aquella visión algo en su memoria, encargo al artífice que fabricara un reloj para la catedral que reprodujera sus rasgos en una figura que además, lanzase al sonar las horas un gemido como el que él había escuchado y no podía arrancar de su recuerdo. Desgraciadamente, el artífice, morisco por más señas, no logró siquiera aproximarse a la belleza que le había descrito el monarca. Y, a la hora de reproducir su lamento, sólo logró que el muñeco lanzase un graznido que fue el que muchos años después obligó a aquel obispo a hacerlo enmudecer.
El Cristo de la Catedral:
El Cristo de la Catedral es, posiblemente la imagen más venerada de la ciudad y se encuentra allí desde su ya lejano traslado desde el convento de agustinos, que la poseyó anteriormente. La imagen representa un Cristo crucificado y fue elaborada de tal manera por el artífice que todo en ella parece supeditado a la más perfecta imitación de la piel, la carne y la sangre, de tal modo que se ha llegado a decir de ella que laten sus venas, que crecen sus cabellos y sus uñas y que incluso es capaz de llorar en determinadas circunstancias. Hasta se dice, y esto sí parece cierto, que puede movérsele la cabeza y que, si se desprenden las manos de los clavos que las sujetan a la cruz, los brazo caen a lo largo del cuerpo como caerían los del mismísimo crucificado cuando lo desprendieron después de muerto. Sus milagros son incontables y, aunque algo tardíamente, gozó de la devoción de los peregrinos que se detenían a admirar las maravillas de la catedral. Los burgaleses afirman que el cuerpo fue confeccionado con piel de búfalo y que, labrado por Nicodemo en persona, procede del Líbano, con lo cual resultaría que el Cristo en cuestión llegó de su propia tierra y que hizo por mar el mismo recorrido que se afirma que hizo la barca portadora de los restos del Apóstol.
Su leyenda, como la de otros muchos Cristos del mismo tipo, sitúa la mar como lugar donde habría sido encontrada la imagen. Cuenta que un rico comerciante de la ciudad, muy allegado a los canónigos de San Agustín, tuvo que emprender un largo viaje y prometió a los religiosos traerles un obsequio a cambio de sus oraciones para que la suerte lo acompañase. Realizó su periplo con toda felicidad pero, ya de vuelta, en mitad del océano, recordó de pronto que se había olvidado por completo del regalo prometido, cuando ya era tarde para volver velas. Hete aquí, sin embargo, que en aquel mismo momento, el vigía anunció la presencia de un cuerpo flotando sobre las olas. Acercaron el navío y recogieron al naufrago que resultó ser un Cristo crucificado tan real que podría habérsele tomado por un ser viviente. El mercader vio el cielo abierto y su compromiso con los monjes se vio cumplido. Lo llevó consigo cuando volvió a Burgos, y dicen que, al hacer su entrada en la ciudad, las campanas de la catedral y de todos los templos de la diócesis comenzaron a tañer solas. Años después era objeto de visitas y de devoción de todos, burgaleses y peregrinos.
Santiago del espaldarazo:
Los que se encaminan a Compostela, aun respetando por decreto el retiro de las monjas bernardas que habitan el monasterio de Las Huelgas Reales y de los monarcas que holgaban en el palacio que tenían reservado en su interior, solían saber, por noticias que les llegaban, que allí dentro había una imagen del Apóstol tan milagrosa y tan respetada por la Corona que era la que poseía el alto privilegio de armar caballeros a los soberanos de Castilla. Los peregrinos, en buena parte, tomarían aquella noticia como una historia de carácter legendario. Sin embargo, nada tenía de tal; al contrario, era muy cierta. Y aún hoy, pasados los tiempos en los que reinaba el secretismo y sustituidos los móviles devocionales inmediatos por los imperativos del consumo, donde todo puede ser visto y hasta tocado se a mano viene y si previamente se abona el correspondiente óbolo, el moderno peregrino puede ver aquel prodigio y comprobar que el espaldarazo, el que decían que la imagen daba al soberano para armarle caballero, era muy cierto y que se debía a un mecanismo que permitía que el bulto de madera de aquel Santiago pudiera levantar el brazo enarbolando la espada y descargarlo suavemente sobre el hombro del rey, que así quedaba oficialmente reconocido como caballero sin que un inferior a él hubiera tenido que llevar a cabo el ritual correspondiente.
La Leyenda de San Antón del desierto:
San Antón se retiró al desierto para hacer vida eremítica y solitaria, tras haber vencido las más espantosas tentaciones imaginables. Estaba convencido de que era el primer cristiano que adoptaba esta vida de meditación y mortificación. Pero hete aquí que, pasado cierto tiempo de soledad, una visión celestial le reveló que por aquellas tierras se encontraba otro anacoreta, Pablo Ermitaño, que lo aventajaba en antigüedad y en vocación eremítica. San Antón, decidió ir en su búsqueda para aprender de él lo que la propia experiencia aún no le había enseñado. Pero ignoraba dónde podría encontrarlo.
Echó a andar fiado en la brújula de los cielos y en su suerte. Y, sucesivamente, tres seres extraños le fueron dando razón de hacia dónde tenía que dirigirse. El primero era un autentico centauro como los que en los mitos griegos se dedicaron a iniciar a héroes del Panteón Olímpico como Hércules.
El segundo, tan extraño como el anterior, tenía rasgos de un sátiro, pues de cintura para abajo parecía una cabra, mas de cintura para arriba era un hombre. El tercero era un lobo que se le ofreció como guía y lo llevó hasta donde se encontraba Pablo.
Antonio tardó algún tiempo en ganarse la confianza del maestro, que no lo dejaba acercarse a su refugio, manifestándole su deseo de estar solo. Pero al fin lo acogió a su lado y, durante algunos años, convivieron en su ansia común de soledad y de aprendizaje. Durante todo aquel periodo de tiempo, un cuervo, que antes traía diariamente medio pan a Pablo, siguió viniendo puntualmente, pero llevando un pan entero en su pico, para que ambos lo compartieran como comida adicional a las raíces y plantas del desierto.