
LA FUNDACIÓN DE SEVILLA SEGÚN SAN ISIDORO
En la Sevilla visigótica había monumentos romanos más que suficientes para que San Isidoro conociese el nombre oficial completo de la ciudad, "Colonia Iulia Romula Híspalis".
Según el santo, Julio César fundó Híspalis dándole el nombre de Julia por el suyo y el de Rómula -"Roma la Chica"- por el de Roma. El cognomen Híspalis le viene de su situación, pues está asentada en postes hincados en el subsuelo para que no se desplome sobre su base deslizante e inestable.

La etimología de San Isidoro adquirió un sentido simbólico-mitológico: Hércules fue quien puso los «seis pilares de piedra muy grandes» para que más tarde César fundara Híspalis.
La culta Sevilla de mediados del XVI pondría las estatuas de ambos fundadores, Hércules y César, sobre las columnas romanas que fueron trasladadas a la Alameda desde el templo de la Calle de Mármoles.
En el año 206 a. C., las tropas romanas, mandadas por el coronel Escipión, destrozan el ejercito cartaginés, y se apoderan del sur de la península. Y como Escipión no quiso confiar en Sevilla, por sus antecedentes violentos, establece, a poca distancia de Híspalis, pero suficientemente alejada, una segunda ciudad llamada Itálica.
Así, al poco tiempo, Sevilla e Itálica tienen dos personalidades diferentes: Sevilla es la ciudad comercial e industrial hispano-romana., mientras que Itálica es puramente ciudad residencial, y puramente romana.
En el año 49 a.C. Híspalis es ya una de las ciudades más importantes de la Bética, y no sólo posee una muralla, sino un espacioso foro, convirtiéndose así en la réplica ibérica de Roma.
Y a pesar de la sombra que le hacía Itálica, poco a poco Sevilla fue subiendo en importancia, hasta ser reconocida por Roma como la primera ciudad de España.
En Sevilla estaba centralizado el comercio no sólo de la producción de la Bética, sino del norte de África, en particular de la Mauritania Tingitana (zona de Tánger) siempre tan unida a la Bética. Toda la ribera del Guadalquivir y del Genil está salpicada de alfares y de ánforas en que los cosecheros romanos exportaban la producción de sus fincas grandes, medianas y pequeñas. Sevilla, con sus calles estrechas, sus murallas, su puerto, la ajetreada y fecunda colmena de su barrio de Triana, era la urbe mercantil heterogénea y activa que permitió mantener aquella otra ciudad de placer, Itálica.